“…Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Yahvé el lenguaje de toda la tierra…” (Gn. 11, 9).
Hace días que nadie, de los compañeros de la universidad, sabía en dónde se encontraban. Me sentía confundida, además de mí, nadie parecía interesado por sus ausencias. En las siguientes clases, no podía dejar de pensar en aquella relación ¿Qué consecuencias tuvo todo eso? y no dejo de pensar que ante mis ojos haya florecido aquella amistad tan extraña, aquel amor tan disímil, pero tan semejante a la vez.
Por aquellos días me encontraba caminando, por uno de los largos pasillos de la universidad. Fue en ese instante en que la vi; una mujer de facciones finas, cabellos cortos y oscuros, de piel blanca y de estatura media. Paulina, así creo que se llamaba, estaba sentada en una de las escaleras. Quise acercarme, pero noté que estaba un poco esquiva. Así fue que solamente pasé por su lado totalmente indiferente. No obstante me sentí culpable y volví acercarme, pero ya estaba acompañada por Daniela: una mujer de estatura alta, de cabellos claros, de ojos grises y de una nariz muy pronunciada. Al parecer, eran buenas amigas, así que decidí dejarlas solas.
Pasaron algunas semanas, estudiaba para un examen. Ahí volví a verlas, dejé de concentrarme, se secreteaban y sentí curiosidad por saber de qué hablaban (aún no entiendo el porqué, quizá el destino conspiraba), mas se esfumaron, me levanté raudamente y sigilosamente las busqué. Hasta que las vi, dentro de un aula y me detuve. Daniela estaba mirando hacia la ventana de la calle, Paulina quiso acercarse a ella, pero se arrepintió. Solo pude escuchar una parte de la conversación— Pero, Paulina, me siento confundida— susurró, mientras veía pasar el viento— ¿Cómo crees que me siento yo?— inquirió Paulina— para ninguna es fácil esta situación— prosiguió— aún así debemos tomar una decisión. Hubo una taciturna elipsis, en donde, delicadamente acariciaron sus manos y rozaron sus labios tímidamente, se sonrojaron al separarse y anhelaron poder unir de nuevo su pacto con un beso. ¿Quién era yo para interrumpir aquel momento mágico? No era nadie, simplemente me retiré y enmudecí totalmente, tal vez pensando en lo que habían contemplado mis pupilas; porque sea como fuese ya estaba involucrada.
Desde aquel instante se me aparecieron como fantasmas amorosos, que me perturbaban al verlos, pero, que sin embargo, me alegraban por el solo hecho de verlos amarse.
En un parque vacío las vi sentadas; en verde pasto de primavera, con las flores abriendo sus capullos y liberando un delicioso aroma. Sellaban sus encantadoras caricias con el tacto de sus pieles delicadas. En verdad había amor. Lástima que la vida sea tan reglamentaria, ya que la sociedad no mira con buenos ojos estas clases de conductas, poco frecuentes en la realidad de burbuja en la que vivimos.
Hace días que nadie, de los compañeros de la universidad, sabía en dónde se encontraban. Me sentía confundida, además de mí, nadie parecía interesado por sus ausencias. En las siguientes clases, no podía dejar de pensar en aquella relación ¿Qué consecuencias tuvo todo eso? y no dejo de pensar que ante mis ojos haya florecido aquella amistad tan extraña, aquel amor tan disímil, pero tan semejante a la vez.
Por aquellos días me encontraba caminando, por uno de los largos pasillos de la universidad. Fue en ese instante en que la vi; una mujer de facciones finas, cabellos cortos y oscuros, de piel blanca y de estatura media. Paulina, así creo que se llamaba, estaba sentada en una de las escaleras. Quise acercarme, pero noté que estaba un poco esquiva. Así fue que solamente pasé por su lado totalmente indiferente. No obstante me sentí culpable y volví acercarme, pero ya estaba acompañada por Daniela: una mujer de estatura alta, de cabellos claros, de ojos grises y de una nariz muy pronunciada. Al parecer, eran buenas amigas, así que decidí dejarlas solas.
Pasaron algunas semanas, estudiaba para un examen. Ahí volví a verlas, dejé de concentrarme, se secreteaban y sentí curiosidad por saber de qué hablaban (aún no entiendo el porqué, quizá el destino conspiraba), mas se esfumaron, me levanté raudamente y sigilosamente las busqué. Hasta que las vi, dentro de un aula y me detuve. Daniela estaba mirando hacia la ventana de la calle, Paulina quiso acercarse a ella, pero se arrepintió. Solo pude escuchar una parte de la conversación— Pero, Paulina, me siento confundida— susurró, mientras veía pasar el viento— ¿Cómo crees que me siento yo?— inquirió Paulina— para ninguna es fácil esta situación— prosiguió— aún así debemos tomar una decisión. Hubo una taciturna elipsis, en donde, delicadamente acariciaron sus manos y rozaron sus labios tímidamente, se sonrojaron al separarse y anhelaron poder unir de nuevo su pacto con un beso. ¿Quién era yo para interrumpir aquel momento mágico? No era nadie, simplemente me retiré y enmudecí totalmente, tal vez pensando en lo que habían contemplado mis pupilas; porque sea como fuese ya estaba involucrada.
Desde aquel instante se me aparecieron como fantasmas amorosos, que me perturbaban al verlos, pero, que sin embargo, me alegraban por el solo hecho de verlos amarse.
En un parque vacío las vi sentadas; en verde pasto de primavera, con las flores abriendo sus capullos y liberando un delicioso aroma. Sellaban sus encantadoras caricias con el tacto de sus pieles delicadas. En verdad había amor. Lástima que la vida sea tan reglamentaria, ya que la sociedad no mira con buenos ojos estas clases de conductas, poco frecuentes en la realidad de burbuja en la que vivimos.
***
Nos encontrábamos en nuestro lugar. Necesitábamos un momento de soledad, de silencio. Nuestro mundo comenzaba a moverse ligeramente. — Paulina…— susurró suavemente mi nombre— ¿Eres feliz conmigo?— preguntó mirándome con sus inquietantes ojos— Claro que sí— contesté tomando su mano entre las mías— Es que últimamente te he visto algo triste, ¿pasa algo?— habló fijando su mirada— Lo siento, no tendrías por qué preocuparte por mí. Solo que no puedo evitarlo…— dije mientras miraba el techo— ¿Evitar qué?— inquirió— Este sentimiento no es correcto. A veces me preguntó si seré culpable de todo esto— respondí sin despegar mis ojos del techo— Paulina, sentir amor es maravilloso. Yo te quiero y no siento culpa por quererte. No te sientas culpable, disfruta de la vida. Porque el amor es signo de vida— al decirlo se sonrió y chasconeó mi cabello para alegrarme. Me hizo recordar la primera vez en que la había visto, siempre con esa cautivadora sonrisa; que fue la luz en las tinieblas, la primavera en el invierno. Quisiera demostrar todo mi afecto, pero mi voz se enmudece cuando “un te quiero” deseo decir, solo espero que perdone a este ser tan ambiguo e inseguro.
Decidí invitarla a comer. Hoy día será una gran noche, hoy me atreveré a decir: ¡Te quiero! sin duda alguna esta será una grandiosa cena.
Daniela estaba hermosa y radiante. La llevé al restaurante, comimos bien, reímos y hablamos mucho. Después caminamos hacia la costanera. La noche estaba espléndida, la luna llena brillaba con fulgor, mientras los jóvenes palpitares enlazaban sus manos y acariciaban sus labios. — ¡Sentémonos en esa banca!— gritó emocionada, tomando mi mano, entretanto ella corría con desesperación— Hay algo que deseo decirte— dije ya sentadas en la banca— Antes que digas algo, abrázame, deseo ver las hermosas estrellas contigo—. Obedecí y la abracé. Observamos el resplandeciente firmamento y hasta logramos divisar una estrella fugaz. Pero habría algo que eclipsaría nuestra felicidad. Estábamos sonriendo y a punto de besarnos, hasta que un hombre nos interrumpió. Me tomó bruscamente y amenazándome con una cuchilla, me obligó a entregarle todo objeto de valor que poseyera. Daniela se levantó de la banca y desesperadamente gritaba por ayuda, pero nadie acudía a su socorro. Fue entonces que ella decidió enfrentarlo. En ese momento no sabía qué pensar. De repente Daniela comenzó a expeler sangre de su boca, el ladrón comenzó a correr, vi que ella se caía y tomaba con sus manos una herida ensangrentada. Caminé vertiginosamente hacia ella, la sostuve entre mis brazos, sentí miedo, y la aferré contra mi pecho— Daniela, espérame, yo voy ha llamar a la ambulancia— le susurré, mientras llamaba por mi teléfono celular— Paulina… te… amo…— musitó entre palabras cortadas, era la primera vez que me decía te amo— ¡Daniela, te quiero, te amo, te necesito a mi lado!— exclamé exasperadamente, mientras acariciaba sus facciones. Me acerqué a sus labios y los besé. Al volver a ver su rostro noté que se había palidecido y palpé su pecho. Su corazón había dejado de ser.
Gotas saladas resbalaban por sus caras, llenas de melancolía y sufrimiento. Las abatidas personas dejaban rosas escarlatas sobre el ataúd en donde se hallaba aquel cuerpo sin vida, aquel cuerpo, cuya esencia ya no estaba. Paulina miraba desde lejos, escondida detrás de los pinos ovalados del cementerio. Su mirada había cambiado y una nube espesa se veía detrás de sus pupilas; lágrimas no caían, solo su alma se fragmentaba, mientras sostenía en sus manos un descolorido lirio. La angustia se inhalaba.
La gente se había marchado. En ese momento Paulina se pudo acercar al sepulcro. Quedó helada, cuando por su cabeza pasaron todos los recuerdos, que por tantos años se habían acumulado en su mente; se arrodilló y comenzó a sollozar descontroladamente. Quizá pensaba, en que nunca volvería a verle, por lo menos en esta vida no. Quizá lloraba porque la sociedad había matado lo que más quería, solo por no aceptar su amor.

2 comentarios:
Como dijo la tía Moira, tienes muy buena pluma ^^... además es una historia que sale fuera de lo que comunmente leemos (sí, claro xD)... Ojalá hubieras ganado algo del concurso de Andrés Bello... ¬¬ pero a final no pasó nada T.T
Bien, sigue escribiendo mi amiguita del alma ^^
Te quiero muuuuuuuuuuuuucho!!!
Au revoir
me llego del punto a desconsolarme por un pequeño instante te felicito realmete desde el fundo de mi alma
vicky
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